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¿Tendrán John Bolton, el nuevo embajador estadounidense en Naciones Unidas, y Robert Mugabe, el viejo tirano de Zimbabue, el mismo impacto en los organismos internacionales que el que tuvieron en el mundo empresarial los fraudes de Ken Lay y Bernie Ebbers, los ex jefes de Enron y WorldCom?
A la gente de ascendencia árabe que vive en Estados Unidos le va mucho mejor que al estadounidense medio. Ésa es la sorprendente conclusión extraída a partir de datos recopilados por la Oficina del Censo de EE UU en 2000 y publicados recientemente. El censo descubrió que los residentes en EE UU que declaran tener antepasados árabes son más cultos y gozan de mayor riqueza que el estadounidense medio. Mientras que un 24% de los estadounidenses posee títulos universitarios, un 41% de los arabo-estadounidenses son licenciados. Los ingresos medios de una familia árabe que vive en Estados Unidos son de 40.250 euros -un 4,6% más que el resto de familias estadounidenses- y más de la mitad de los arabo-estadounidenses tiene vivienda propia. Un 42% de la población de ascendencia árabe en Estados Unidos trabajan como directivos o profesionales, mientras que eso ocurre sólo en un 34% de la población general estadounidense.
El príncipe heredero Abdalá bin Abdelaziz al Saud, de 81 años y padre de 34 hijos, ejerce el poder en Arabia Saudí desde que su hermano, el rey Fahd, sufrió una embolia cerebral en 1995. El príncipe no hablaba con la prensa de Occidente desde que se supo que 15 de los 19 terroristas que perpetraron los atentados del 11 de septiembre de 2001 eran saudíes. Abdalá encarna el cambio en Arabia Saudí, ya que, según él, reforma es la palabra clave para el futuro del país. El príncipe heredero saudí está hoy en París y se prepara para entrevistarse con George W. Bush el 24 de abril en Tejas.
Hace aproximadamente una década en el mundo estalló una erupción de corrupción. Nadie sabe si el estallido lo produjo un aumento en los actos de corrupción; por definición, ésta es inmedible. Lo que sí sabemos es que de repente un problema tan antiguo como la humanidad misma pasó a dominar el debate público casi en todas partes. La ola de democracia que sacudió al mundo en esa época hizo que fuese más difícil seguir ocultando los sucios tejemanejes de dictadores ladrones, burócratas corruptos y empresarios especializados en trasquilar al Estado. Además, durante la Guerra Fría, las dictaduras cleptócratas se especializaron en canjear su apoyo a una de las dos superpotencias a cambio de que se les tolerara su pillaje. Terminada esa guerra, estos negociados geopolíticos se hicieron menos frecuentes. Simultáneamente, la revolución de la información y la explosión en las comunicaciones hicieron que cualquier escándalo de corrupción se convertiese rápidamente en noticia mundial. Inevitablemente, la frecuencia de los escándalos hizo que el mundo llegara a la conclusión de que había más corrupción que nunca. Con igual inevitabilidad, se produjo un clamor popular para declararle la guerra a la corrupción.
Guerras preventivas, unilateralismo, derrocamiento de regímenes amenazantes: hasta hace poco influyentes funcionarios y pensadores estadounidenses sostenían que éstas no sólo eran buenas ideas, sino también decisiones inevitables para el Gobierno norteamericano. Hoy, con 900 soldados estadounidenses muertos, 10.000 militares de la coalición heridos, 90.000 millones de dólares gastados y una guerra cada día mas difícil de justificar, estos conceptos yacen enterrados en Irak. Algunas de estas ideas merecen este destino.
El próximo jefe del Fondo Monetario Internacional no será escogido de una manera justa, transparente y competitiva. Su nombramiento será producto de un proceso turbio, excluyente y plagado de resabios colonialistas.
En el 2003, América Latina tuvo otro año normal: el crecimiento económico fue bajo; la inestabilidad, alta; la pobreza, generalizada; la desigualdad, profunda, y la política, feroz. En otras palabras, nada nuevo. De hecho, para el 44% de la población de la región (unos 227 millones de personas) que viven en la pobreza, "nada nuevo" equivale a "terrible".
8,3 y 1,14, 7,2 y 0,4, 175 y 25, 1.059. Éstos son números muy poderosos. Si en los próximos meses cualquiera de ellos cambia drásticamente, el mundo cambiará.
The Economist lo llama "un bufón ignorante" y dice que es un "hombre de integridad muy discutible". Además, según el diario danés Information, encarna el "nepotismo, la corrupción y la falta de honradez", mientras que en Suecia Aftonbladet le tilda de "payaso arrogante", y el Berliner Zeitung afirma que es "un turbio negociante". En Francia, Liberation concluye que él supone "una amenaza para la democracia", mientras que el Financial Times afirma que "vive en una burbuja mediática donde sus meteduras de pata públicas e insultos gratuitos no son reseñados a menos que viaje al extranjero". No se trata de Robert Mugabe de Zimbabwe, del bielorruso Alexander Lukashenko o de algún otro tirano del tercer mundo. Éstas son afirmaciones sobre Silvio Berlusconi, el primer ministro de Italia, elegido democráticamente dos veces y quien actualmente también ejerce como presidente de la Unión Europea.
Durante más de un año, la relación política en grave proceso de deterioro entre Estados Unidos y Europa ha dado pábulo a multitud de análisis, predicciones funestas, amenazas y llamamientos.
Hay un antiamericanismo asesino y un antiamericanismo light, o ligero. El primero es el antiamericanismo de los terroristas fanáticos, el segundo es el antiamericanismo de aquellos que se echan a las calles y a los medios de comunicación para despotricar contra Estados Unidos.
Los ataques terroristas del 11 de septiembre fueron como un terremoto: sorprendentes, trágicos y cargados de información. Así como los terremotos ofrecen a los sismólogos valiosos datos sobre la geología más profunda e insondable de la Tierra, los ataques revelaron mucha información inédita sobre el sustrato político, económico y militar de estos tiempos.
Los ataques terroristas no sólo mataron personas; también mataron ideas. Muchas de las certezas y las presunciones que moldearon por años el análisis, las políticas y los presupuestos, no sobrevivirán a la embestida de los aviones contra el World Trade Center y el Pentágono.
Si bien el comienzo de un nuevo milenio no implica una nueva era, éste se inicia acompañado de cambios sin precedentes. Las nuevas realidades crean nuevas ansiedades, que se suman a las inquietudes que siempre han afectado a la humanidad.