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Moisés Naím y Francisco Toro con traducción de Sandra Caula / Foreign Affairs
En los últimos tres años, las escenas trágicas de pobreza y caos han dominado la cobertura de la crisis política en Venezuela, una nación que fue uno de los países más ricos y democráticos de Sudamérica. Venezuela se ha convertido tanto en un sinónimo de fracaso como, curiosamente, en una especie de papa caliente ideológica, un artefacto retórico que se introduce en las discusiones políticas en todo el mundo.
En los países donde abunda la nieve también abundan las palabras para referirse a ella. Y lo mismo pasa con la corrupción. Allí donde hay mucha corrupción también hay muchas maneras de llamarla.
Una superpotencia es capaz de proyectar su poderío militar a grandes distancias y, de ser necesario, hasta combatir en más de una guerra al mismo tiempo. Eso cuesta mucho dinero: hay que invertir en bases, buques, aviones, tanques, cañones, misiles, medios de transporte y comunicaciones. También requiere de una fuerza expedicionaria de miles de soldados preparados para ir a la guerra en cualquier parte del planeta. Y, por supuesto, debe tener armas nucleares.
Cada año, cerca de medio millón de personas en todo el mundo son asesinadas. Naturalmente, estas muertes tienen efectos devastadores para las familias y las personas cercanas a las víctimas. Pero también hay asesinatos que no solo afectan a familiares y amigos, sino que cambian el mundo. Son asesinatos que resultan muy caros. El ejemplo icónico de esto es el atentado que, en 1914, le costó la vida en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando de Austria. Su muerte desencadenó un proceso que condujo al estallido de la Primera Guerra Mundial y a la muerte de 40 millones de personas.
El partido centrista dominante en Suecia, revierte su posición y anuncia que está dispuesto a aliarse con los nacionalistas de extrema derecha”. “Para mantenerse en el poder, [el primer ministro canadiense] Trudeau debe aprender a trabajar con sus rivales”. “Israel, en camino a su tercera elección en un año”. “Protestas callejeras llevan a la renuncia del primer ministro de Irak”. “El premier de Finlandia renuncia al colapsar su coalición”. “Pelosi anuncia que el Congreso procederá con la acusación formal contra Trump”. Estos fueron titulares de prensa de la semana pasada.
Hay televisión que enaltece y televisión que embrutece. Hay televisión que enseña, que nos hace pensar, que nos lleva a lugares que nunca visitaremos o que nos confronta con los grandes dilemas de la vida. También hay televisión que, deliberadamente, degrada, engaña y confunde. Y por supuesto, hay una televisión que nos distrae y entretiene. Con frecuencia, la televisión que busca educarnos es insoportablemente aburrida, mientras que la que nos intenta manipular, nos polariza y desinforma. En cambio, la que simplemente nos entretiene es políticamente irrelevante. O al menos eso creíamos.
En 2011, Libia se rompió en mil pedazos. Con la autorización de la ONU, una amplia coalición de países atacó el país, una turba asesinó a Muamar el Gadafi, su sanguinario régimen colapsó y el país se fragmentó. Eventualmente, se consolidaron dos Gobiernos, uno con sede en Trípoli y otro en Tobruk. Cada uno tiene un líder, fuerzas armadas, una burocracia e, incluso, su propio banco central y su papel moneda. Además, ambos Gobiernos cuentan con el apoyo de otros países. El de Trípoli tiene el reconocimiento de la ONU, mientras que al de Tobruk lo apoyan, entre otros, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Rusia.
Es por la desigualdad económica. Y los bajos salarios. También por la baja o nula movilidad social y la falta de un futuro mejor para los jóvenes. Es por los servicios públicos infames. Y por la globalización y la pérdida de puestos de trabajo causada por las oleadas de inmigrantes, de productos chinos o de robots.
Los expertos en seguridad internacional suelen preparar listas de los lugares más peligrosos del mundo. Cachemira, por ejemplo, siempre aparece en esas clasificaciones. Es un territorio fronterizo que se disputan la India, Pakistán y China y que ha sido motivo de conflictos armados. La India y Pakistán cuentan con armas nucleares, lo que aumenta el peligro de un enfrentamiento armado de menor cuantía que va creciendo hasta convertirse en una grave amenaza a la paz mundial.
De Hong Kong a Sudán, de Rusia a Venezuela, el mundo asiste a una ola de movilizaciones. La mayoría logra concesiones menores o fracasa. Pero algunas provocan cambios importantes
“Soy capitalista y hasta yo pienso que el capitalismo está roto”, afirmó hace poco Ray Dalio, el fundador de Bridgewater, uno de los fondos privados de inversión más grandes del mundo. Según la revista Forbes, Dalio ocupa el puesto número 60 en la lista de las personas más ricas del planeta. “Si el capitalismo no evoluciona, va a desaparecer”, dijo.
Hay elecciones o referendos cuyos resultados cambian el rumbo de la historia.
En junio de 2016, por ejemplo, los británicos votaron a favor de que su país rompiera con la Unión Europea —el famoso Brexit—. Otro ejemplo ocurrió cuando Donald Trump ganó las elecciones que lo llevaron a la Casa Blanca, también en 2016. O cuando en diciembre de 1998 los venezolanos eligieron como presidente a Hugo Chávez.
"¿Por qué nos odian?" Este fue el titular de portada de la revista Newsweek después de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. El titular se refería al hecho de que todos los terroristas que perpetraron los ataques eran musulmanes impulsados por un odio visceral contra EE UU y el mundo occidental. Los atentados provocaron una feroz respuesta militar por parte de EE UU y sus aliados, así como un intenso debate acerca de las causas de ese odio y cómo enfrentarlo. El debate popularizó la hipótesis del choque de civilizaciones, según la cual las religiones y culturas reemplazarían al choque de ideologías —comunismo contra capitalismo, por ejemplo— como fuentes de los conflictos internacionales. El enfrentamiento de la civilización islámica contra la occidental es un importante pronóstico de esta visión.
Una de las características de estos tiempos es la falta de confianza. Según las encuestas, la gente no confía en el Gobierno, en los políticos, los periodistas, los científicos o, mucho menos, en banqueros y empresarios. Ni siquiera el Vaticano se salva de esta pérdida de confianza. En Estados Unidos, por ejemplo, la confianza de los ciudadanos en el Ejecutivo está ahora en su punto más bajo desde que se iniciaron los sondeos de opinión al respecto. Hoy el 82% de los estadounidenses no confía en que su Gobierno haga lo correcto. Esta es una tendencia mundial: la desconfianza y el escepticismo son la norma.
La culpa es de Barack Obama. En 2014 el entonces presidente de Estados Unidos afirmó, desdeñosamente, que “Rusia es un poder regional que solo amenaza a algunos de sus vecinos más cercanos, y esa no es una manifestación de fuerza sino de debilidad”.